Colombia: Multitud de colombianos recibe con júbilo en Bogotá el acuerdo de paz con las FARC



Multitud de colombianos recibe con júbilo en Bogotá el acuerdo de paz con las FARC

Escribe: Ricardo Silva, escritor colombiano.

Colombia vive habituada a su derrota pero pendiente de su reivindicación: del día en el que el mundo reconozca, como en el clímax de un sueño, que ser colombiano no es ser narcotraficante, ni es ser guerrillero, ni es ser paramilitar, ni es ser monstruo. Dios: que la antioqueña Caterine Ibargüen gane la medalla de oro en salto triple, que el boyacense Nairo Quintana llegue de primero en la vuelta a España, que el cucuteño James Rodríguez recupere su lugar en la colmada titular del Real Madrid para que ahora sí sepan quiénes somos. Colombia es el país más feliz de todos según ciertos índices –según la ONU es el 31– porque los colombianos se han resignado a gozar, a celebrar los triunfos de sus compatriotas en tierra extranjera, mientras el mundo termina de joderse. Se anhela un día de gloria como un cielo, como un deus ex machina, que rescate de la nada a este pueblo elegido por nadie, pero mientras tanto la gente se regodea en la idea de que este es un país contrahecho e imposible.

El Gobierno colombiano ha pactado la paz con la guerrilla de las Farc, allá en La Habana vieja, luego de cincuenta años de guerra. Es una buena noticia y es un día de gloria a todas luces y es un triunfo de los compatriotas adentro y afuera del país cuando se tiene una mente sana en un cuerpo sano, pero la verdad es que –como los negociadores De la Calle, Jaramillo, Mora– los deportistas Ibargüen, Quintana y Rodríguez saltan, pedalean, resisten por todos los colombianos, sedentarios en tierra de nómadas, de desplazados. Se ha esperado este momento –esta salida, este país incierto que deja sus vicios– desde hace mucho tiempo, como se espera el mundo que va a tocarles a los hijos de los hijos: el calentamiento global, la teletransportación. Y ahora que se ha logrado lo descabellado, que se firme una paz, que se llegue a un futuro, viene un recordatorio de que estamos en Colombia: una colombianada, un colombianazo.

Y es esto: que por si acaso, porque quién sabe quién llegará a la Casa de Nariño en 2018, se ha convocado a los colombianos a un plebiscito para preguntarles si están de acuerdo con la paz alcanzada, la paz que nunca se iba a dar: “sí” o “no”. Y a pesar de tantas crónicas y telenovelas y novelas escritas para conjurar la violencia, después de años de imaginar “el posconflicto”, los que votarán “sí” están de acuerdo con los que votarán “no” en que lo que sigue es un desmadre de los nuestros.

Porque estamos tan acostumbrados a este clima malsano que nos preguntamos qué será de Colombia sin las FARC. Porque crecimos pensando que era mejor dejar en paz a los perros de la guerra, que el remedio puede ser peor que la enfermedad, que mejor es violencia conocida que violencia por conocer. Porque desde hace décadas en nuestros colegios no hay clases de Historia de verdad, y sí que haría falta el recuento de cómo llegamos hasta aquí. Porque lo que sigue cuando por fin pase el plebiscito es hacerse responsable –del “sí” o del “no” a los acuerdos de paz– en un país en el que tanto la solución al horror como la culpa de todo ha estado siempre en manos de los demás: de, en orden de aparición, los españoles, los curas, los conservadores, los liberales, los comunistas, los militares, los gringos, las élites, los corruptos, los narcos, los guerrilleros, los paramilitares, los uribistas, los idiotas útiles.

Creo que hay que pararse a votar “sí”, en nombre de tantos nómadas violentados, sobre la base de un proceso de paz serio que ha sonado a reunión secreta en La Habana pero se ha hecho frente al país. Creo que, así aún falte tanto para enmendar el mapa, hoy sí es un día de gloria: de hoy en adelante la culpa por fin será nuestra.

Video: Explicaciones sobre los acuerdos de paz

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